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Diario de una opositora en cuarentena (II) | «Pese a todo, quiero seguir preparándome»

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Una semana después, Alba López de la Vieja escribe la segunda página de un diario que por momentos se complica. Tras la reunión de los sindicatos con Educación y el anuncio del previsible aplazamiento de las oposiciones de Secundaria en Andalucía, la alumna de Tecnoszubia Oposiciones reconoce que llegó a sentir «que el futuro se le caía encima». Con todo, ha decidido seguir con su preparación: ya sea por ese «Hacienda hecha no corre prisa» que continúa diciéndole su padre o por el «Gente parada, malos pensamientos» que durante la última semana le ha repetido su madre. En cualquier caso, Alba no se rinde. 

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Diario de una opositora en cuarentena (Parte 1) | Los primeros días confinada…en casa de mis padres

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Alba López es alumna de Tecnoszubia Oposiciones; se prepara para la especialidad de Orientación Educativa. Tras decretarse el estado de alerta, se encuentra confinada en casa de sus padres, a los que fue a visitar el viernes 13 de marzo. El siguiente relato -primera parte de una serie de textos- narra sus primeros días como opositora en medio de una cuarentena que no le permite volver a su residencia habitual, ni llevar a cabo su formación presencialmente. 

 


«Ayer, 20 de marzo, fue mi cumpleaños
. Cumplía 31. El primero de mi vida así, encerrada; a base de videoconferencias y felicitaciones por redes sociales. A ratos triste, a ratos feliz. Hace una semana, con esto de contener la pandemia del coronavirus, el Gobierno decretaba el estado de alarma. Había venido a ver a mi familia a Castilla-La Mancha un día antes: mi padre es profesor y se ofreció a ayudarme con la exposición de la programación. Ahora estoy aquí confinada.

Escribo este diario porque soy consciente de que estamos viviendo días críticos, pero también históricos. Le doy forma a estas líneas para ayudar a los opositores que como yo, viven días de incertidumbre.

Reconozco que he sido de las que no le dio importancia al tema del coronavirus en un primer momento. Cuando, días antes de que la Junta recomendara el cierre de colegios y centros educativos y Tecnoszubia Oposiciones se desmarcaba recomendando que no fuéramos a clase y siguiéramos la preparación online, yo opté por ir a la academia. Mis clases presenciales son uno de los mejores momentos de la semana y me resistía a perderlos. Tengo un grupito con 4 compañeras que nos complementamos perfectamente; no sólo es que, por sus características, prefiera la preparación presencial, sino que estar con ellas los miércoles me daba la vida; energía para seguir una semana más. 

Después de aquel miércoles, todo pasó muy rápido: ya lo decía al principio, me vine a ver a mi familia, a que mi padre me ayudara con la exposición, y aquí me quedé sin poder salir. Mi residencia habitual está en Granada, donde vivo con mi novio. Ahora estamos separados.

Imagínate: tras años sin vivir aquí, me veía abocada a volver a acostumbrarme a estar con ellos por un tiempo. Los primeros días han sido un poco caóticos, aunque todos estamos poniendo un poco de nuestra parte. Lo cual no quita que tenga que aguantar, en cierta medida, a mi hermano con la música, a mi madre con la aspiradora…circunstancias normales pero a las que, insisto, yo ya no estaba acostumbrada. Ni yo a ellos, ni ellos a mí. 

No es el único problema que estoy teniendo. Como la visita a casa de mis padres tenía la etiqueta de exprés, no me traje ni el portátil, ni parte de mis apuntes. Así que aquí estoy tirando con los apuntes que aquí tenía, con los que la academia pone a mi disposición en Aulatecnos, su plataforma online,…y con el portatil de mi padre. Y su ordenador no es lo único que le he ‘robado’: también la silla. Soy una chica alta, mido 1,75, y tengo que cuidar mi espalda.

Mi rutina

Como recomiendan los psicólogos, para la cuarentena estoy intentando seguir mi rutina con total normalidad. Solo me permito levantarme un poco más tarde de lo habitual, a eso de las 8:30 -antes lo hacía a las 8:00-.

Intento , a las 9:00, estar ya estudiando. Dependiendo del día, a las 12 o 12 y media hago 15 minutos de descanso y me como alguna fruta -¡me empieza a dar hambre!

Luego, dependiendo del día, entre las 14 y las 14:30 empiezo a comer. Me echo un poco de siesta -15 o 20 minutos, no más- y a las 16 me pongo otra vez. Y ya por la tarde depende: hay veces que tengo fuerza y estudio hasta las 19:00 y otras que a las 18.00 hago un descansillo y aguanto hasta las 20:00. Pero a partir de esa hora, mi cerebro desconecta: aunque me ponga a hacer  programación, que es un poco más light, no hilo una palabra con otra; lo que yo hago a partir de las 20:00 al día siguiente lo tengo que rehacer. Así que empiezo a descansar: me salgo a la terraza, veo alguna serie… –ahora estoy enganchada, por cierto, a Merlí, que me la recomendaron los padres de mi novio-.

Con todo ya más o menos organizado en mi rutina diaria, este miércoles participé en la primera clase online. De la clase me quedo con varias cosas: aunque el funcionamiento de la retransmisión y las posibilidades para interactuar son suficientes, sigo prefiriendo lo presencial. Lo reconozco. Vuelvo a pensar en mis compañeras, con las que sigo hablando por Whatsapp, y en que no me gusta lo impersonal; soy más de levantar la mano en clase, de que el profesor me vea la cara, de que yo se la vea a él. ¿Cambiaré de opinión durante las próximas semanas?

Volviendo a la clase en sí: Gómez, uno de mis preparadores -que como dice Centeno está metido en las ‘altas esferas’-, dedicó parte de la sesión a tranquilizarnos. Aunque todavía no había información concreta –hoy ha saltado la noticia de que el ministerio le ha dicho a los sindicatos que las oposiciones continúan en pie-, él cree firmemente que debemos seguir para adelante. Y así nos lo decía una y otra vez: «El que se baje del tren ahora, lo pierde». 

Anécdotas de la cuarentena: «Hacienda hecha no corre prisa»

Por lo demás, la verdad es que lo llevo bien. Quitando un par de detalles: un dolor de cervicales por estar todo el día sentada y que no paro de soñar. El otro día se lo contaba a mi novio: todo el día estudiando y toda la noche soñando. Son sueños raros, un poco violentos. ¿Será por el estrés de la situación? ¿Tengo demasiada activación cerebral? ¿A la gente también le pasará? ¿Cómo lo llevarán ellos?

Hay momentos en los que soy capaz de evadirme de todo. Mi padre, cada mañana, me recuerda uno mis refranes preferidos; uno con el que he crecido y madurado: «Hacienda hecha no corre prisa». Esto quiere decir que lo importante es avanzar, aunque las circunstancias no me permitan ser lo productiva que me gustaría. Es una de las ventajas de que la cuarentena me haya pillado aquí: tener su apoyo constante. Porque él, que está siendo algo así como mi coach, cree que las oposiciones las saco sí o sí. Yo igual: no me esperaba lo que está pasando, pero ni tengo miedo ni me voy a bajar del tren».

 

21 de marzo de 2020

 

 

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Jairo, Concepción y Cristina: «A 2020 le pedimos tranquilidad y poder estar cerca de nuestra familia»

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Hace justo un año contábamos la historia de superación de Juan. La aventura que estaba teniendo Mercedes en sus prácticas en un centro de compensatoria. Las palabras de Marta recordando el bucle que supusieron sus meses de preparación. Porque, para el nuevo funcionario, la Navidad es momento de mirar atrás y hacer balance de sus 100 primeros días con plaza. De agradecer por los deseos cumplidos, pero también de buscar nuevos horizontes. Eso han hecho en esta ocasión Jairo, Concepción y Cristina. Tres exalumnos de la academia que abrazan estas fechas con la satisfacción del que ha cumplido su sueño.

Jairo: «¿Oposiciones? Mi obligación como padre siempre fue disfrutar de la Navidad»

Para muchos opositores, las Navidades dejan de ser esos momentos familiares, de diversión y tranquilidad, para convertirse en lo opuesto. Se aíslan, presos de sí mismos, de su exigencia. «La inmensidad de la oposición, la densidad de los apuntes les acaba quemando», dice Jairo, funcionario con plaza en Málaga por la especialidad de Primaria. Aprobó sus oposiciones hace unos meses con un 8 de nota global. Y nunca dejó de disfrutar de estas fechas. Porque sus dos hijos, de 3 y 6 años, ejercieron como lazo que le ataba a la tierra. A la ilusión, «a la alegría».

Eso, al menos, nos cuenta cuando le preguntamos por las fiestas del año pasado; esperábamos el discurso sombrío del que no se levantó del escritorio, pero encontramos algo totalmente diferente. «El año pasado no pasé una Navidad triste. No, no te puedo decir que hasta ahora haya sido una ruina y este año sea lo contrario. Yo siempre intento tener buen talante a la hora de recibir las fiestas. Mi pareja y yo intentamos resetear; tenemos hijos pequeños y todo está impregnado de buenos sentimientos. El año pasado tenía la presión de las fechas; es una parte importante de la oposición, pero no podía privar a mis hijos de mí, ni a mí permitirme privarme de ellos», explica.

Porque, para Jairo, la Navidad es momento de «mantener la calma». Una actitud a la que ha llegado, de nuevo, tras ser padre. «Yo soy consciente de que cuando no tenia niños me tiraba muchas horas estudiando, pero no aprovechaba el tiempo; cuando la vida me ha puesto en mi sitio y he tenido hijos, ha hecho que me centre mucho más. Para mí era muy importante estudiar, pero también descansar. El descanso, cuando opositas, es merecido: las oposiciones son muy duras».

«Los colegios necesitan maestros con vocación»

Ya con la plaza, Jairo define su año de prácticas en un pueblo de Málaga como «Una auténtica locura». «Por la burocracia, entre otras cosas. Da la casualidad de que en mi colegio somos muchos prácticos, en torno a 13, y a varios de nosotros nos han dado 1º de Primaria, que suelen ser cursos muy movidos…así que es un no parar. Estoy aprendiendo mucho, programando mucho y bajando al barro. Estoy trabajando siendo un  maestro de verdad. Cuando estás en 1º de Primaria, que los niños no son tan autónomos, ves que es un trabajo que supone estrés diario. Este trabajo necesita maestros con vocación», afirma.

Él parece ser uno de ellos.

Jairo termina con un deseo claro para 2020: «Mi deseo, ya que me han dado destino a 2 horas y media de mi casa, y estoy de lunes a viernes en el lugar donde resido, cerca del colegio, es que mi destino provisional sea más cerca de donde está mi familia. Yo sé que Granada está casi imposible, pero al menos quiero estar mas cerca, que me permita ir y volver, estar con mi familia».

Concepción: «Llegué a pensar que siempre iba a ser interina»

Concepción se presentó por Pedagogía Terapéutica el año pasado y aprobó con plaza. Llevaba intentándolo desde 2005. «Pero no me he presentado siempre», apostilla. «Aunque sí, desde ese año he estado liada; comencé con Juan Manuel», recuerda. La han destinado a El Ejido. Y está feliz con el lugar, nos cuenta, «porque llevo muchos años allí trabajando».

Pero si la historia de Concepción nos invita a pensar que, tras 14 años de preparación, de idas y venidas, sus primeras Navidades como funcionaria iban a suponer una celebración, pronto vemos que no es así. Sólo logramos ver la felicidad de esta nueva funcionaria en un tímido «Nunca llegué a imaginar que iba a ser funcionaria, llegué a pensar que siempre iba a estar como interina». Porque a continuación nos damos cuenta de que, pese a haberlo «celebrado durante el verano», Concepción sigue todavía encerrada en un sentimiento de extrema cautela.

«No considero que tenga la plaza aún», golpea. «Mi fase de prácticas está siendo complicada. Con dificultades a la hora de hacer el proyecto, la memoria. Todos los prácticos de mi colegio estamos un poco perdidos. Todavía me queda un año complicado hasta que todo esté cerrado», reconoce. Y de ahí sus deseos: » En 2019 cumplí mis deseos. Ahora sólo quiero que termine todo: tener el apto del inspector y trabajar tranquila, sin la presión de las prácticas».

Cristina: «¿Las pasadas Navidades? ¡Llorando, entre apuntes!

Hace unos meses, protagonista de uno de los artículos del blog, Cristina reconocía «estar deseando empezar en el cole». En aquel momento, con la voz tocada, aún se estaba recuperando de una de esas celebraciones postplaza: Cristina fue la primera de su tribunal en los dos exámenes.

Hoy, nos cuenta con orgullo sus primeros días como maestra especialista en Inglés en un colegio de Zafarraya: «Está siendo todo una maravilla. Al principio vas tensa, es una situación nueva; pero en el fondo genial, mis compañeros muy bien, somos 12 funcionarios en prácticas. Y al haber tantos nuevos, nos apoyamos los unos a los otros. Nos dan facilidades…formamos un buen equipo».

Cristina está feliz. Bromea cuando le preguntamos por sus deseos para 2020 -«Que me fichen en Tecnoszubia como preparadora», exclama-. Y se nota, sobre todo, cuando nos cuenta el contraste de estas Navidades con respecto a las pasadas. ¿Las pasadas Navidades? Llorando, entre apuntes, con los libros, mis preparadores nos metían un montón de caña, que es de agradecer, y este año ha sido un cambio radical: todo está resuelto«.

Se despide aconsejando a los que, como ella hace un año, están pasando la Navidad agobiados. «Yo siempre digo que al final las oposiciones tienen muchos aspectos que no se pueden controlar, pero otros que sí. Lo que tu estudies es el número de papeletas que compres. Es muy sacrificado, por ejemplo, lo que hablamos de no tener Navidades, pero merece la pena: es un sacrificio que hay que hacer».

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El día que supe que la plaza era mía (XIV) | «Venir los sábados a la academia era mi respiro»

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Un 9,9, la nota más alta de su tribunal en las oposiciones de Música (magisterio) y una historia conmovedora detrás. El paso de Beatriz Gálvez por Tecnoszubia ha sido intenso; lleno de subidas y bajadas que finalmente se resolvieron gracias a la comunión que esta granadina estableció con Lidia, su preparadora.

«Cuando perdí a mi padre decidí no presentarme, pero Lidia me insistió…»

Era la tercera vez que se presentaba cuando Beatriz vio, por fin, su sueño cumplido: tenía plaza. «En el momento en el que me dijeron que lo conseguí estaba hablando con mis amigos, a mí me lo pasaron mas tarde, cuando me pasaron la foto con mi nota, vi que saque un 10 en el oral, me fundí en un abrazo con mi madre, nos pusimos a llorar…no me lo creía».

Años atrás, Beatriz conoció en primera persona la importancia de una academia como Tecnoszubia. Lo observó gracias a su preparadora, Lidia, que desde el primer minuto se convirtió en un apoyo indispensable. «Desde 2015, cuando la conocí, supe que quería conseguir mi sueño con ella. Es una persona muy competente, formal, cercana, una persona increíble que siempre esta ahí para ayudarte. Una psicóloga, una preparadora…»

Pero su relación con Lidia tuvo un punto de inflexión, tal y como ella nos cuenta. «En 2017 perdí a mi padre, así que no me iba a presentar; en mayo, Lidia insistió mucho en que me preparara y al final me quedé a tres centésimas. Me apoyó mucho, me quedé a nada.  Ahí vi que gracias al apoyo de Lidia iba a conseguirlo. 2019 era mi año».

Para ella, todas las experiencias que vivió en nuestras aulas repercuten en la sensación de que «Tecnoszubia es una academia donde, desde que entras por la puerta, se nota la calidez humana». «Todo te lo hacen con una sonrisa, con amabilidad, te llevas a grandes amigos, pasas muy buenos momentos. A toda persona que quiera opositar le recomiendo que se forme aquí. No hay nada mejor; venir los sábados a la academia era mi respiro».

 

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«El día que supe que la plaza era mía» (IV) | La constancia de Montserrat

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La cabecera de Aspirantes se inspira en la naturaleza del proceso de opositar; la pendiente varía según el opositor y sus circunstancias, pero la montaña siempre está ahí.

Si bien algunos de nuestros alumnos aprueban con plaza en su primer año, ya sea por sus capacidades o por las facilidades que les pueda otorgar su situación, un buen número de estos encuentra en las oposiciones un trayecto largo, difícil, que se extiende durante años. Montserrat Cappa, flamante maestra con plaza de la especialidad de Primaria, comenzó a prepararse en 2007; tras cuatro convocatorias, este año lo ha conseguido.

Doce años de esfuerzo

Desde niña, Montse asumió el rol de docente. «Era una niña cuando jugaba a los maestros; ¡yo siempre quería ser la maestra y que ellos fueran los alumnos!», recuerda. Después llegaría la carrera, varios trabajos en guarderías que no le terminaron de convencer y, en 2008, sus primeras oposiciones. «Y a partir de ahí una y otra vez hasta que lo conseguí», subraya. «Una vez y otra vez» hasta que en 2019 ha sacado un 9,27 en la nota global; la constancia de esta aspirante, descrita por ella con humildad, tiene doble mérito: doce años sin abandonar la carrera de las oposiciones; doce años de constancia y esfuerzo.

Juan Manuel, su preparador de la especialidad de Primaria, ha sido pieza clave para que esto sea así. «Me parece un preparador motivador y positivo; aunque estés en un momento de bajón no te deja que te retires«. Una capacidad, la de estimular y motivar al alumno por parte de Juan Manuel, que no ha sido la única razón por la que Montse ha salido satisfecha de sus años de preparación en la academia. «Es imprescindible estar en una academia que te mantenga al día de todos los cambios; hay personas que pueden sacarlo por sí solas, pero yo necesitaba a alguien que me exigiera; además, que me avisara de las novedades. Donde mejor te puedes informar de lo que va saliendo en tus oposiciones es en una academia. Siempre irás más segura si te preparas aquí».

Montse y el karma

Llegó julio y Montse había hecho todo lo que estaba en su mano. «Vi mis progresos; aumenté mi confianza, mi seguridad». Salieron las listas de aprobados con plaza y los resultados, tras tanto trabajo, llegaron. «Eufórica», lo celebró sin saber qué hacer: «reír, saltar o llorar». Un momento que nunca va a olvidar que no es más que el fruto de una filosofía que siempre ha llevado a rajatabla. «Cuando una persona quiere opositar debe ser consciente de la fuerza de voluntad que necesita; tienes que hacer una serie de sacrificios, pero merece la pena. El universo te devolverá todo aquello que tu le des; si sigues un año y otro año no hay que venirse abajo; al final te lo va a devolver».

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«El día que supe que la plaza era mía» | Las historias detrás de las protagonistas (I)

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Esta semana, desde Tecnoszubia Oposiciones hemos lanzado el corte El día que supe que la plaza era mía. En él seleccionamos una serie de relatos de alumnos de nuestra academia que describen cómo fue ese momento en el comenzaron a ver su sueño cumplido. Una pieza sin guion, espontánea, a través de la que queríamos comunicar la importancia de sentirse arropado en medio de unas oposiciones. Un vídeo que transmite cuál es el activo más importante de nuestro centro: las personas; alumnos; trabajadores; preparadores.

En los próximos artículos desgranaremos las historias detrás de los protagonistas del vídeo y de aquellos que, por motivos de espacio, se han quedado fuera. Esta semana, Ana Vega, Cristina Garrido y Minerva Vida.


 

Ana Vega: «…Y aparece el tribunal…»

Son las 09.30h de la mañana de un lunes de agosto y una serie de alumnos que se han ofrecido para ceder su relato comienzan a llegar a la academia. Sin trampa ni cartón, deciden ponerse frente a los focos, de forma altruista, para compartir la noticia que les ha cambiado la vida: hace menos de una semana que han visto su nombre en las listas de seleccionados con plaza de las oposiciones de maestros. Son nuevos funcionarios docentes.

A todos los aspirantes se les notaba la alegría. Pero, más allá, la energía de Ana Vega era descomunal. Una energía que ha sido la nota predominante durante su trayectoria como opositora de la especialidad de Inglés: ha conseguido ser la segunda nota más alta de su tribunal compaginando su preparación, gracias a la modalidad online de Tecnoszubia Oposiciones, con las obligaciones propias de una madre joven. Y como madre joven, las aventuras con su hijo se suceden en la entrevista.

De igual forma, nos cuenta cómo fue uno de los puntos de inflexión de su preparación. Fue justo antes de exponer, cuando a Daniel, uno de sus preparadores, le enseñó lo que tenía preparado. «Diseñé un esquema para pizarra que, al terminar de unir sus puntos, formaba un dragón; Daniel opinó que, con esto, y teniendo en cuenta cómo me fue el primer examen, la plaza sería mía», recuerda.

Cristina Garrido: «Mis preparadores de Tecnoszubia Oposiciones llegaron a creer más en mí que yo»

Ya tiene su plaza como maestra de Francés, pero Cristina Garrido no esperaba haberla conseguido en su primer año. Consciente de su dificultad, reconoce que lo veía «muy difícil», pero conforme avanzaba en su preparación lo vio «cada vez más claro».

En el vídeo Cristina nos cuenta una anécdota que transcurre después de su examen teórico. «Manolo y Juana estuvieron conmigo hasta el último día viéndome exponer; a mí me dieron hasta tres citas. Les expuse, me dieron la enhorabuena y ese día yo vi en la cara de Juana que la plaza sí que podía ser para mí. ¿Por qué no? Mis preparadores de Tecnoszubia Oposiciones llegaron a creer más en mí que yo, algo que luego se ve reflejado en el examen, ayuda mucho».

Minerva Vida: «¡Ya soy maestra!

Los nervios que Minerva manifiesta durante la entrevista no tardan en desaparecer cuando comienza a narrar su hazaña: un 8,3 en la especialidad de Francés, plaza en su primer año de preparación. Un «reto personal» que ha cumplido antes de lo que nunca imaginó.

En la misma línea de Cristina, a Minerva le hizo «sentir segura» el feedback constante con uno de sus preparadores, Manolo, al corregir sus trabajos: «Siempre me decía que era muy original, eso me hizo  pensar que yo era capaz de sacarme la plaza». Detalles como este, a Minerva le han hecho ver que la academia se había convertido en fundamental: «El apoyo de unos preparadores tan cercanos como los que yo he tenido es fundamental en un proceso selectivo de estas características».

Ya piensa en el siguiente reto: «Todavía no me lo creo del todo, estoy muy contenta, pero nerviosa por la nueva etapa que comienza: ¡ya soy maestra de verdad!», exclama.

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Así afrontaron Clara, Lourdes y Rocío la semana previa a las oposiciones de maestros

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Falta una semana para que se celebren las pruebas de las oposiciones de maestros en Andalucía. En un momento en el que tomarse un respiro es más obligación que eslogan, hemos vuelto a tirar del legado humano que tenemos en el centro y hemos hablado con tres exalumnas de la academia. El objetivo, como siempre, es inspirarte, tranquilizarte; que sientas el abrazo de la academia cuando más lo necesitas.

Hace dos años, Clara, Lourdes y Rocío pasaron por lo mismo que tú estás pasando; vivieron una última semana de agobio, estrés e inseguridad. Dudaron de todo; de su preparación, de su validez. Se sintieron pequeñas ante la masa de gente que luchaba por sus mismos sueños. Se paralizaron unos segundos en la exposición oral. Miraron con miedo hacia el tribunal. Pero todo eso pasó y hoy son maestras con plaza. 

Clara, maestra de Francés: «Mi programación se la sabía hasta el vecino…»

En una suerte de estrés postraumático, la primera reacción de Clara al evocar la última semana de preparación es la de no acordarse de nada. «Tengo la sensación de que en mi cabeza se han borrado las cosas malas de aquel año», reconoce. Los recuerdos, no obstante, no tardan en agolparse en su cabeza y nos dibuja a la perfección la última semana del proceso que desembocó en la consecución de su plaza. «Recuerdo que aquella semana se multiplicaron mis inseguridades; mucha incertidumbre y nervios. Por suerte, los compañeros de la academia y los preparadores consiguieron animarme. Nos acompañábamos entre todos como podíamos», comienza.

Una sensación que confronta con el sentimiento que, tras ese caparazón de estrés obligado por la circunstancias, Clara guardaba: «En el fondo sabía que estaba muy bien preparada; al final eso es lo importante».

Durante esos días, Clara cambió su rutina de estudio. «Hice mas hincapié en algunos temas que no tenia tan dominados. Para relajarme, a veces miraba los que tenia más machacados, así terminaba el día; estudiarme lo que ya me sabía me servía para terminar la jornada con confianza».

No fue el único truco de Clara; «Con respecto a la programación, se la contaba hasta el vecino. Todo el mundo conocía mi programación. Se la exponía a todo el mundo», señala.

«Empequeñecerse» el día del examen

Así que para suerte suya, pero también de familiares y vecinos, llegó el día del examen. «Casi no llegamos a tiempo mis compañeros y yo. Lo hice en Córdoba. Había muchísima gente. Eso me impresionó: cuando te ves con tanta gente que quiere lo mismo que tu…eso te empequeñece muchísimo. Pero el tribunal se portó muy, muy bien, nos dijo que nos tranquilizáramos».

Los nervios de Clara alcanzarían su pico más alto en el examen oral. «Me puse muy nerviosa, me costó arrancar. Quizás no me había preparado lo suficiente ese momento.  A veces, por muchos ensayos que hagamos no nos concienciamos de lo que significa ponerse delante de cinco personas a hablar. Debería de haberme mentalizado mejor de ese primer contacto», esgrime.

Clara finaliza haciendo alusión a la importancia de la figura del preparador y a lo fundamental que fue personalizar sus temas. «Tanto Juana Pérez como Manuel Porcel fueron superimportantes. Gracias a ello obtuve mi plaza. Uno de los consejos que nos dieron, que fue crucial, es el hecho de elaborar nuestros propios temas y poner alguna cita de algún autor que nos gustara, por ejemplo. Que en cada tema haya algún elemento diferencial y que el corrector lo perciba».

Rocío, maestra de Pedagogía Terapéutica: «En las oposiciones hay que creer, pero son un juego de tronos…»

Aguda, Rocío ilustra dos de sus fotos preferidas con una frase que las conecta entre sí y las relaciona con aquellas oposiciones que hace dos años vivió: «En las oposiciones hay que creer, pero son un juego de tronos».

El humor con el que hoy se toma todo aquello se explica con los resultados que obtuvo. Porque ahora, con plaza, todo se ve de otra forma. Algo que no quita que Rocío tenga presente esa semana en la que se le venían, tal y como explica, «demasiadas ideas a la cabeza; quería que llegara el día y a la vez que no; unos días pensaba que iba a salir genial y otros en los que creía que se me había olvidado todo».

Antes del día del examen, Rocío también cambió su rutina de estudio: «Tenía claro que no podía estar todo el día estudiando. Trabajaba en un cole como interina y las últimas semanas allí eran muy duras. Tuve que cambiar el chip para poder descansar», subraya. De esta forma, Rocío pasó de estudiar cinco horas al día a repasarse sólo «los índices de los temas».

Más allá, a esta maestra de Pedagogía Terapéutica le ayudó mucho la realización de pequeños esquemas. «Yo tengo mucha memoria visual. Por eso, esquemas muy visuales en los que metía alguna palabra clave eran fundamentales. Me los miraba una y otra vez». En cuanto a la programación, Rocío siguió en la misma línea: «En la academia me enseñaron un tipo de esquema para prepararme la exposición; lo imprimí en un A3 y lo observaba continuamente. Esto me ayudó a memorizar y a ir tranquila».

Esos horrores del día previo y ese suspiro justo antes de comenzar…

Esta docente no se anda con eufemismos para calificar cómo fue su día previo al examen: «¡Horroroso!», exclama. «Todos me recomendaban dormir bien, desayunar bien; pero ese día ni duermes ni te entra nada en el estómago», argumenta.

Rocío aguantó todo aquello como pudo y las sensaciones no tardaron en cambiar; el día de la prueba todo se  transformó: «Tuvimos una vocal muy agradable, nos llevó frutos secos…una vez que estuve dentro, sentada, me relajé. Ya estoy aquí, que sea lo que tenga que ser, pensé».

¿Un consejo para los aspirantes? «Por ejemplo, en el teórico, a mí me funcionó poner el índice al final. Me lo recomendó mi preparador, Juan Manuel: desarrollar el tema y una vez desarrollado elaborar el índice para asegurarnos de que no nos habíamos saltado ningún apartado, de que no poníamos cosas que luego no nos daba tiempo a desarrollar…». Y añade: «es importante controlar el tiempo muy bien, que te dé tiempo hasta para poner bibliografía, que es clave. Además, en este sentido, escoger las cosas muy rápido es fundamental: yo tenía en mente que, como mucho, me iba a tomar 5 minutos eligiendo el tema y supuesto que iba a hacer».

Para terminar, dedica unas palabras a los que tienen pánico al examen oral. «Mi preparador siempre me dijo que fuese yo misma; que no me aprendiera las cosas como un robot. Eso se nota mucho a la hora de exponer; intentar decir las cosas con naturalidad, aunque tengas que incluir los tecnicismos lógicos».

Lourdes, maestra de Audición y Lenguaje: «Esas últimas semanas fueron tan intensas…»

Lourdes, hoy maestra de Audición y Lenguaje con plaza, esgrime que las últimas semanas fueron «muy intensas». Al contrario que Rocío, el tiempo de estudio en esos días no se aminoró, sino que se multiplicó: «Esa semana la dediqué a repasar todo lo que me había estudiado y a mirarme bien la bibliografía de todos los temas. Fue un sprint: le dedicaba más horas a estudiar que antes, me acostaba muy tarde repasando».

Eso sí, el día antes del examen, reconoce que repasó «muy poco». «Tenía la idea de que tenía que ir descansada y con la mente clara, ya lo que no me sabía no importaba, sólo importaba estar descansada para tener energía y afrontar el gran día, así que me acosté temprano e intenté no pensar más en ello. Dejé la noche antes todo preparado, los bolis, el carné… Lo revisé todo bien».

«La presidenta se parecía físicamente a una de mis compañeras; esto me reconfortó».

El día del examen hay que estar alerta y no desaprovechar los estímulos positivos. En cualquier rincón puede estar ese soplo de aire fresco que necesitamos; la bocanada de oxígeno que completa ese suspiro que termina por tranquilizarnos.

O algo así, al menos, le pasó a Lourdes. «Recuerdo que el día de la presentación del tribunal, la presidenta dijo que iba a intentar ser lo más justa posible y eso me reconfortó. Además se parecía físicamente a una compañera de trabajo que tuve y eso me dio más confianza todavía: la visualizaba como a una compañera más», añade.

Para finalizar, sincera, reconoce que quizás no gestionó esos días de la mejor forma: «A veces pienso que la última semana me agobié mucho y dejé muchas cosas para el final, pero tampoco lo pude evitar. Me parece mentira el no tener que presentarme este año, parece que estoy viviendo un gran sueño». Y lanza un mensaje para los aspirantes: «Lo realmente importante es que nunca se rindan, que todo acaba llegando y que el esfuerzo, al final y aunque crean que no, es recompensado«.

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Historias de nuestras aulas | Maestra Rocío

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rOCÍO, MAESTRA DE PEDAGOGÍA TERAPÉUTICA

«Soy la más chica de cinco hermanos, tres mujeres y dos hombres. Conmigo, mi madre tuvo un parto difícil: estábamos en el extranjero, en México, cuando decidí nacer. Antes de que la metieran en el paritorio, ya tenía fuera mi pie derecho. Lo último que saqué fue la cabeza. Esa situación me provocó una hipoxia, una falta de oxígeno, lo que hizo que estuviera un tiempo en la incubadora: pesaba 1 kilo y 700 gramos. A partir de ahí he tenido algunas dificultades en la vida…»


Rocío León, desde su nacimiento, padece una discapacidad intelectual leve fruto de una lesión cerebral originada en un parto prematuro. Una característica que la diferencia del resto, pero que no le impide postularse como una brillante maestra de Pedagogía Terapéutica (PT) en busca de plaza. «Es mi sueño, mi ilusión, poder ayudar a niños como yo», repite, una y otra vez, durante la entrevista realizada por Aspirantes.

Con significativo afán didáctico, detalla su peculiaridad: «Te explico: de ello habla el tema 20 de mis oposiciones. Hay cuatro grados de discapacidad intelectual: leve, moderada, grave y profunda. Yo tengo la leve, la que conlleva un coeficiente de 50/55 a 70. Diría que tengo un 65, 66 o 67″.

Las alas de Rocío

Las dificultades que ella cita y que se han manifestado durante toda su vida tienen nombre y apellidos: problemas de pronunciación -rotacismo-, acoso escolar o la más reciente y que hoy le quita el sueño: un comentario negativo vertido desde el tribunal que la evaluó tras presentarse en 2017 a las oposiciones de maestros de Pedagogía Terapéutica.

«Ya me había presentado en 2015 en Murcia. No me fue bien. En 2017 me volví a presentar, pero esta vez en Andalucía. Pensaba que ese iba a ser mi año: en el tema saqué un 6 y en el supuesto un 4. La nota media que me salía era de un 4,8. Así que al día siguiente fui a hablar con el tribunal. Y salí llorando: me dijeron que no servía para maestra, que me dedicara a otra cosa».

Lo recuerda Rocío, sin poder contener las lágrimas.

A la aspirante le esgrimieron varias razones: que no habló lo suficiente sobre las discapacidades o que, en sus textos, no había puntuado correctamente las enumeraciones. «Detalles que no están en los criterios de evaluación que a nosotros nos dan; se lo sacaron de la manga, quizás para no reconocer abiertamente que pensaban que por mi discapacidad no era válida«, opina.

Las palabras del tribunal funcionaron como si le «clavaran una espada». Pero dos años después, con las oposiciones de este año en su punto de mira, Rocío sigue con las alas intactas. 

Cuando el camino hacia la inclusión…

Este año, se va a volver a presentar por el cupo de discapacitados. Tal y como plantea la normativa, lo va a hacer, como en años anteriores, acompañada de un certificado de aptitud de desarrollo de la profesión que, previamente, le ha otorgado un equipo compuesto por un médico, un trabajador social y un psicólogo. Un documento que se suma a los títulos que copan su currículum académico: Rocío tiene un grado medio y superior de administrativo, la carrera de magisterio, la de pedagogía terapéutica y un máster.

Ella misma hace alusión a sus años de facultad como «los mejores», tras la odisea que supuso la Secundaria. «Tuve muchos problemas en 3º de la E.S.O, hasta el punto de querer dejar de estudiar; pero en los años de facultad no sufrí bullying, ni nada. Todos me ayudaban: compañeros, profesores…nunca los olvidaré. ¿Que si he tenido alguna dificultad para sacarme la carrera? Ninguna: en la facultad nunca se me sugirió que podría tener algún problema a la hora de opositar», subraya.

Pero la colección de títulos y experiencia que Rocío alberga (lleva años cuidando a niños y trabajando con la familia de un chico autista) no sirve de nada si un tribunal considera que no es válida, como le quisieron hacer ver hace 2 años.

Una de sus preparadoras en Tecnoszubia Oposiciones, Isabel Padilla, lo explica: «La normativa establece que, además del certificado, el tribunal tendrá la potestad de determinar la capacitación profesional de la persona. Son normas externas.  Nosotras -las preparadoras de PT- no lo entendemos, no sabemos en qué se basa el comentario que le hicieron: ella presentó su certificado de aptitud obtenido un mes antes; ¿quiénes somos nosotros para decir que no es valida?».

Desemboca en la excelencia

Para entender el peso de su historia hay que conocer cómo se desenvuelve como alumna; una de las paradojas del relato. Porque, tal y como argumenta Padilla,»Rocío lleva una preparación y se acerca a un nivel de excelencia impresionante. Se exige una barbaridad, trabaja muchísimo». Ana Arribas, también preparadora en Tecnoszubia, añade: «Durante los primeros días en la academia, nos trajo su certificado de discapacidad. Yo en principio pensé que iba a tener dificultades. Pero en la tercera o cuarta semana me dejó impresionada: no entendía por qué me trajo ese certificado. A mí lo que me sorprende es su capacidad. Es tremenda. Se sabe el temario con puntos y comas. No hemos visto a nadie que controle el temario a ese nivel. A nosotras, las preparadoras, se nos puede olvidar algo. A ella nada».

Desde un primer momento, saltan a la vista sus capacidades. Se ven cuando ella te explica las características de lo que, oficialmente, es su discapacidad.  Lanza continuas referencias a aspectos teóricos de su campo, de forma natural, en cualquier punto de la conversación; no busca demostrar nada, sino explicar conceptos técnicos que a los que estamos allí se nos pueden escapar.

Y saltan a la vista, sobre todo, cuando ella o su compañera Sonia, que la acompaña, hablan de su rutina como alumna.

Rocío recuerda que en la facultad siempre exponía ella porque sus compañeros se lo pedían: «a ellos les daba vergüenza», reconoce.

Igual de significativa es la situación que se da los sábados en la academia. Lo explica Sonia: «Ese día estamos los dos grupos de Pedagogía Terapéutica juntos: no sé cómo los del otro grupo se han enterado de la existencia y capacidades de Rocío, pero ellos ya le piden que vaya a su clase a que les corrija las defensas del plan de apoyo de la unidad didáctica». 

Entre discapacidad y potencialidad

Si el objetivo de un profesor de PT es propiciar la integración e inclusión del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo, el caso de Rocío debería representar la consecución de la cuadratura del círculo; al hecho de su inclusión solo le falta el apellido de oficial.

Las dos preparadoras y Sonia inciden en que el potencial que tiene como maestra es evidente: «Es un modelo; para niños como ella, es tener el ejemplo de que se puede; para los padres, es la muestra de a dónde pueden llegar los hijos. Nos la imaginamos como una buena docente, ella lo ha vivido; tiene un montón de conocimientos y además sabe cómo hay que ser con una persona discapacitada». En esto incide una de sus preparadoras: «No hay que centrarse en las discapacidades, sino en las potencialidades de las personas, gente que no tiene esa peculiaridad también tiene discapacidades de algún tipo. Yo misma tengo muchas discapacidades que no están escritas en ningún sitio».

Su compañera Sonia, concluye: «No entiendo que el tribunal le dijera que no es válida. Ellos son profesionales de la pedagogía terapéutica. Ellos saben que no todo el mundo puede llegar ahí, y si un maestro de pedagogía terapéutica echa para atrás a un aspirante con discapacidad diciendo que no es válido…»

Maestra Rocío: los docentes también se emocionan

Rocío, superhumana, se emociona cuando recuerda momentos malos y ríe con fuerza cuando le preguntamos por la edad.

Es uno de los elementos que la diferencian de los que estamos allí: con educación, intenta no encerrar dentro de sí misma ningún sentimiento que, en el contexto de una entrevista, pueda sumar. Ella quiere hacerme entender cómo se siente y, de nuevo, superhumana, utiliza para comunicar todo lo que tiene a su alcance, todo lo que la convierte en especial.

Termina la conversación y Rocío, al explicar cómo se ve como maestra, aprovecha, quizás acostumbrada a que la sociedad señale la expresión sincera, para pedir perdón.

«A los niños les enseñaría y exigiría como han hecho conmigo: con cariño y ternura. También intentaría ser divertida; porque yo soy divertida. Y perdona si he llorado: los maestros también se emocionan».

 

 

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Historias de nuestras aulas (I) | Mujeres, madres y opositoras

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Nunca he opositado, pero el esfuerzo que conlleva conseguir una plaza me resulta tremendamente familiar. Me crié de la mano de una opositora; soñadora, ambiciosa e inconformista. Mi madre me habla de quemar la comida por dar el último repaso; de ser yo un bebé, jugar conmigo con una mano y subrayar con la otra. Por eso, cuando Ana María, Angelina, María, Ana y Arantxa, cinco madres y opositoras que se preparan en Tecnoszubia, me cuentan su historia, empatizo rápido con ellas. Evoco al niño que creció viendo a su madre encerrada, entre apuntes.  Sus relatos, que dignifican el proceso de opositar, me retrotraen a ese pasado reciente en el que la vi conseguir, por fin, su plaza. Me conducen hacia un camino sinuoso, pero en cuyo horizonte aparece la -siempre sugerente- estabilidad laboral. Ellas me dibujan cómo es el sacrificio de ser madre, mujer y opositora.

Exponer durante el embarazo: el relato de Ana María

Madre y opositora: Ana María

Si tuviera que destacar un sentimiento común a estas cinco opositoras, sería una culpa autoinducida. De las palabras de estas mujeres se extrae una lucha interna entre su vocación y la necesidad de cuidar a sus hijos y llevar «las cosas de la casa».  Una de las luchadoras que lidia con este contexto es Ana María, opositora a Pedagogía Terapéutica que lleva 5 años inmersa en su preparación. Nos cuenta que decidió opositar antes del nacimiento de su hija. «Hice magisterio y tenía claro que quería mi plaza en un centro público», recuerda.

El temario de Pedagogía Terapéutica, tal y como reconoce, «es especialmente complicado». Una traba que, ni mucho menos, ha hecho que se rinda: «pensaba en mi hija y me daba fuerzas. A mí mismo me decía: con mi marido, pronto vamos a ser tres, no estoy yo sola. Esto me llenaba de ganas». Su motivación era tal que llegó a presentarse a su examen, por primera vez, estando embarazada. Así, rememora que su prueba oral, la exposición, se le hizo «cuesta arriba»: «Tenía mucho calor, estaba mareada, nerviosa…¡hasta me tocó exponer la última!».

Luchar contra la culpa

Han pasado tres años de aquello y Ana María está ahora en otra etapa. Compagina las oposiciones con la crianza de su hija, ya con tres años de edad. Vive con su marido y hace unos meses dejó un trabajo «alejado completamente de la docencia» porque «no tenía tiempo para la preparación». Llegados a este punto, intenta llevar su estudio de la mejor manera, algo que, reconoce «no es fácil».

«Sientes que estás abandonando a tu hija, aunque no sea así. El segundo año que me presenté a las oposiciones, la niña tenía un año y medio. Intentaba, con ella en casa, ponerme por mi cuenta, pero era muy difícil (…)»

-«¿Mamá quién es?» -insiste, de fondo, Daniela, hija de Ana María.

– «Ponte a dibujar, luego te lo explico», responde su madre.

(…) «Así que tres meses antes de las oposiciones pensé en irme de 8 a 20h a la biblioteca y dejar a la niña al cuidado de un familiar. Es algo por lo que hay que pasar. No estaba con ella en ese momento, pero es por un futuro mejor. Nacía una lucha contra la culpa de la que he salido más fuerte: ahora valoro más el tiempo que tengo para estudiar, cada rato que tengo libre intento desconectar de todo y ponerme en serio a estudiar», concluye.

Cuando Arancha «aprendió a delegar»

Madre y opositora: Arantxa

Cuando llamo a Arancha, me cuenta que está marchándose de la manifestación del 8 de marzo por el Día Internacional de la Mujer . Tiene 40 años, dos hijas -una de 12 y otra de 8- y se prepara las oposiciones de Infantil desde hace 4 años. «Yo hago huelga y vengo con mis hijas porque tienen que tener conciencia social; no nos podemos conformar con lo que tenemos ahora, sé que su generación va a conseguir lo que nosotras no hemos podido», esgrime.

A esta madre y opositora la despidieron, tras la llegada de la crisis, del colegio en el que estaba trabajando «desde que terminó la carrera». En ese momento sólo vio una alternativa: opositar. «Era la forma más segura de dedicarme a lo que me gusta, a lo que se me da bien. Quería seguir siendo maestra».

Así, Arancha, «tras dos años en Castilla La-Mancha en los que ha trabajado como interina y tuvo que alejarse de sus hijas», ha vuelto a Granada con una idea clara: «estar al 100% con la preparación de sus oposiciones». Para conseguirlo, su familia ha formado un entramado que favorece su estudio. «Tengo suerte; mi contexto es permisivo conmigo, me valoran y no me presionan. Tengo claro mi objetivo y ellos me comprenden. Nunca me he planteado dejarlo y ahora es el momento de conseguirlo».

Organización familiar

De esta forma, la rutina de Arancha es sencilla: por la mañana estudia, por la tarde estudia y por la noche también. Eso sí, no deja a sus hijas de lado. «Por las tardes nos organizamos entre abuelos, su padre cuando no trabaja …y algunas tardes que me toca a mí, claro».

Una buena organización familiar no quita que Arancha «no se machaque la cabeza», tal y como ella lo define, con el sentimiento de culpa por no poder estar al 100% con sus hijas. «No es que de vez en cuando me asalte esa lucha interna sino que es algo que está siempre en mi cabeza. Si me voy a la biblioteca 7 horas al día, no puedo atender lo que debería a mis hijas; al final he tenido que aprender a delegar».

Opositora, madre soltera y trabajadora: «Soy una malabarista»

Madre y opositora: Angelina

«¿Que cómo saco tiempo para trabajar de reponedora, opositar y cuidar de mis hijas siendo soltera? ¡Soy Malabarista!», bromea Angelina. Esta madre soltera de una niña de 12 años y opositora a la especialidad de Primaria, lleva, con la de este curso, cuatro convocatorias. Casi diez años enfocada en conseguir una plaza de lo que ella, considera, «es mi vocación y mi pasión: la enseñanza».

Trabaja como reponedora en Hipercor de 7 de la mañana a 11 y 30. Cuando sale de trabajar, explica, «pasa a ser ama de casa». Hace la comida, espera a que sus hijas lleguen del colegio y a partir de las 16.00 «se convierte en opositora». «Intento llevarlo todo de la mejor manera que pueda con la ayuda de mi familia y amigos», subraya.

Angelina es consciente de que siempre «va a la retaguardia de las aspirantes, más jóvenes, que tienen más tiempo para estudiar», pero no por ello considera «tener más mérito». «Aunque para mí es un doble sacrificio, cada uno tiene la situación que tiene; yo tengo a mi hija y pensar en ella es una dosis extra de motivación. Lo hago por mí, pero también por ella; quiero terminar dedicándome a mi vocación sí o sí».

Equipo de 4

Madre y opositora: María

El apoyo de maridos y familias -abuelos, tíos…- representa otra constante en estas historias. De hecho, en el caso de María –49 años, opositora de Francés, con dos hijos de 13 y 16 años- fue su marido el que le sugirió, tras terminar su carrera hace poco, que luchara por una plaza.

María no trabaja fuera, pero ejerce como ama de casa («A veces parece que no es un trabajo, pero sí lo es», señala). Así que «entre lavadora y lavadora», como ella lo cuenta, «hace resúmenes». O cuando va a comprar, se va «chocando con las paredes por ir mirando en el móvil la foto de algún esquema».  Por la noche, antes de dormir, «repasa todo lo que ha estudiado».  «Claro: al final nunca termino de desconectar», lamenta.

La preparación de María no sería posible sin la ayuda de su marido -una figura importante que «colabora en todo lo que puede»- ni sin la de sus hijos. «¿Mis hijos una motivación?» -explica-; y no sólo eso: han sido mis conejillos de indias. Con ellos he aprendido a ver cómo puede aprender un niño. Son muy diferentes, en ellos he visto las diferencias de aprendizaje. Mi hija, en matemáticas, por ejemplo, tiene un razonamiento muy diferente al de mi hijo. Me animan mucho, además, a que siga estudiando. Somos un equipo de 4″.

Entre lasañas que se queman «por ir a contrarreloj» y citas a las que llega tarde, María continúa su preparación. Ella tampoco considera que tenga más mérito que nadie; «simplemente he elegido opositar en el momento en el que es más adecuado para mí«, sentencia.

«¿Mi hijo? una inspiración»

Con 35 años y un hijo de 3 años, Ana Soria  –que ha preferido preservar su intimidad y que no incluyamos foto lucha por una plaza como administrativa de la Junta de Andalucía. Por las mañanas es opositora, por las tardes cuida de su hijo.

«Por la mañana me levanto, llevo al niño a la guardería y cuando lo dejo allí, a las’ 9 y algo’, directamente me quedo estudiando en la biblioteca. Sé que si me vengo a casa me pongo a hacer otras cosas y no estudio. Así que me quedo en la biblioteca hasta las 14.00. Por la tarde toca ser madre».

Esta opositora reconoce, además, que, frecuentemente, pelea con «la culpa y los bajones», pero que se levanta gracias al apoyo de su marido, su familia y su hijo. «A veces siento que me estoy perdiendo el crecimiento de mi hijo, veo que no puedo ir a la playa con mi marido. Lo paso mal, pero mi hijo es mi inspiración. Quiero darle una vida mejor, un futuro. Eso es lo que me motiva».

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